9 de julio de 2026

D.W. Griffith: El Arquitecto de Hollywood y la Sombra que Jamás lo Abandonó

 

El hombre que le enseñó al cine a hablar

en sus inicios las películas eran solo una cámara fija grabando a actores de teatro en un escenario. Sin primeros planos para ver una lágrima, sin cortes trepidantes en una persecución, sin la majestuosidad de un paisaje épico. pero fue un hombre, David Wark Griffith, quien tomó ese balbuceo visual y le enseñó un lenguaje completo. D.W. Griffith no solo dirigió películas; inventó la gramática del cine que hoy damos por sentada. Pero como todo gran genio de la historia, su luz proyecta una sombra inmensa y oscura, una que lo persiguió hasta su tumba y que hoy, más que nunca, nos obliga a debatir sobre el poder y la responsabilidad del arte.

De dramaturgo fracasado a rey del cortometraje

Antes de ser el titán del cine, Griffith era un aspirante a escritor y actor con más sueños que éxitos. Nacido en Kentucky, hijo de un coronel confederado, creció con las historias nostálgicas y sesgadas de un Sur 'glorioso' perdido en la Guerra Civil. Esta crianza marcaría a fuego su obra más famosa y controvertida. Tras años intentando sin suerte triunfar en el teatro, la necesidad lo empujó a la puerta de una industria nueva y despreciada por los artistas 'serios': el cine. En 1908, entró en los estudios Biograph como actor y guionista, pero su mente inquieta vio el potencial que nadie más veía en esas cintas de un solo rollo.

Pronto, le dieron la oportunidad de dirigir. Y el mundo cambió. Entre 1908 y 1913, Griffith dirigió la asombrosa cifra de ¡más de 450 películas! en Biograph. Eran cortometrajes, sí, pero cada uno era un laboratorio de ideas. Fue aquí donde rompió todas las reglas. Sus jefes se horrorizaban. '¿Acercar tanto la cámara a los actores? ¡El público quiere verlos de cuerpo entero!', le decían. Pero Griffith insistió, creando el 'primer plano' (close-up) para capturar la emoción pura en el rostro de sus actrices fetiche, como Lillian Gish y Mary Pickford. Inventó el 'fundido' (fade in/out) para suavizar las transiciones, el 'iris' para enfocar la atención del espectador y, sobre todo, perfeccionó el 'montaje paralelo' (cross-cutting).

Esta última técnica fue revolucionaria. En películas como 'The Lonedale Operator', Griffith cortaba entre una mujer atrapada en una estación, los villanos intentando entrar y un tren de rescate a toda velocidad. El público se agarraba a sus asientos. ¡Era la primera vez que sentían suspenso cinematográfico! Estaba creando tensión, ritmo y una narrativa compleja al mostrar acciones simultáneas en lugares distintos. D.W. Griffith estaba, literalmente, escribiendo el manual de instrucciones del cine.

'El Nacimiento de una Nación': La obra maestra maldita




Con todas estas herramientas en su arsenal, Griffith sentía que los cortometrajes se le quedaban pequeños. Quería crear una epopeya, un 'relámpago escrito en la historia', como diría el presidente Woodrow Wilson. Y lo hizo. En 1915, estrenó 'El Nacimiento de una Nación', la primera superproducción de la historia. Con una duración de tres horas, un presupuesto sin precedentes y batallas a una escala nunca vista, la película fue un fenómeno cinematográfico y comercial. Narraba la Guerra Civil y la Reconstrucción desde el punto de vista de dos familias, una del Norte y una del Sur.

Técnicamente, era deslumbrante. Griffith aplicó todo lo aprendido para crear un espectáculo arrollador que dejó al público boquiabierto. Pero su contenido era veneno puro. Basada en una novela pro-sureña, la película presentaba una visión grotescamente racista de la historia. Los afroamericanos eran retratados como seres inferiores, brutos y peligrosos, mientras que los villanos de la segunda mitad eran los políticos del norte que abogaban por la igualdad racial. ¿Y los héroes? Los encapuchados del Ku Klux Klan, mostrados como valientes caballeros que salvaban a las mujeres blancas y restauraban el 'orden' en el Sur. Era la mitología de la 'Causa Perdida' convertida en un arma de propaganda masiva.

La reacción no se hizo esperar. La NAACP (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color) organizó protestas masivas y disturbios en varias ciudades. La película fue prohibida en algunos lugares, pero su éxito fue imparable. Lo más trágico fue su impacto en el mundo real: 'El Nacimiento de una Nación' fue directamente responsable del resurgimiento y la masificación del Ku Klux Klan en el siglo XX, que usaba la película como herramienta de reclutamiento. La obra maestra técnica de Griffith se convirtió en una catástrofe social.

'Intolerancia': La disculpa más grande (y cara) de la historia

Herido y sorprendido por las acusaciones de racismo, Griffith decidió que su siguiente proyecto sería su respuesta. No una disculpa directa, sino una obra monumental contra el prejuicio y la hipocresía a lo largo de los tiempos. Así nació 'Intolerancia' (1916), posiblemente la película más ambiciosa jamás realizada. Griffith invirtió toda su fortuna personal en una epopeya colosal que entrelazaba cuatro historias separadas por milenios: la caída de Babilonia, la crucifixión de Cristo, la masacre de los hugonotes en Francia y una historia moderna sobre la injusticia social.

La escala era demencial. Para la sección de Babilonia, construyó decorados de casi cien metros de altura, con miles de extras. La estructura narrativa, saltando entre siglos, era de una complejidad que ni siquiera el cine actual se atreve a intentar a menudo. Era Griffith llevando su montaje paralelo al extremo absoluto. Artísticamente, era una proeza. Pero comercialmente, fue un fracaso estrepitoso. El público, acostumbrado a narrativas lineales, la encontró confusa y agotadora. Además, su mensaje pacifista chocó de frente con el fervor patriótico de una América a punto de entrar en la Primera Guerra Mundial. Griffith se arruinó.

United Artists y el lento fundido a negro



A pesar del revés de 'Intolerancia', Griffith seguía siendo una figura central en Hollywood. En 1919, en un acto de poder sin precedentes, se unió a las mayores estrellas del momento, Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, para fundar su propio estudio: United Artists. La idea era dar a los artistas el control creativo sobre sus obras, lejos de las garras de los productores. Durante un tiempo, funcionó. Dirigió películas aclamadas y exitosas como 'Lirios Rotos' (1919), una delicada historia de amor interracial, y 'Las dos tormentas' (1920), famosa por su clímax en un río helado.

Sin embargo, el mundo del cine estaba cambiando, en parte gracias a él. El sistema de estudios que él había ayudado a crear se estaba volviendo más rígido y corporativo. Y entonces llegó el sonido. Los 'talkies' barrieron con el cine mudo, y Griffith, el maestro de la imagen y el gesto, se sintió perdido. Dirigió un par de películas sonoras, pero su estilo melodramático y sus sensibilidades victorianas parecían anticuadas. El hombre que había inventado el lenguaje del cine era incapaz de adaptarse a su nuevo dialecto. Poco a poco, su estrella se fue apagando. Pasó sus últimos años solo y olvidado en un hotel de Hollywood, un fantasma en la ciudad que él mismo había construido.

El Legado: ¿Cómo juzgamos a un genio problemático?

Entonces, ¿quién fue D.W. Griffith? No hay una respuesta fácil, y ahí reside la fascinación. Por un lado, es imposible negar su genio. Orson Welles, Martin Scorsese, Steven Spielberg... todos los grandes directores son, en cierto modo, sus herederos. Cada vez que una película crea suspense cortando entre dos escenas, cada vez que un primer plano nos hace sentir la angustia de un personaje, estamos viendo el eco de D.W. Griffith. Es, sin discusión, el padre de la narrativa cinematográfica.

Por otro lado, es el autor de una de las obras de propaganda más dañinas y racistas de la historia. Usó su revolucionario lenguaje para contar una mentira tóxica que envenenó la cultura estadounidense durante décadas. Su legado nos obliga a hacer la pregunta más incómoda sobre el arte: ¿podemos separar al artista de su obra? ¿Podemos celebrar la innovación técnica ignorando el mensaje de odio? La respuesta, hoy más que nunca, parece ser un rotundo no. La historia de D.W. Griffith no es solo la historia del nacimiento del cine; es una lección eterna sobre el inmenso poder de una cámara y la profunda responsabilidad que conlleva empuñarla.

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